Los discos intervertebrales separan las vértebras y facilitan los movimientos de flexión y torsión a los que se somete la columna a la vez que amortiguan la fuerza de compresión que provoca la gravedad. Estas funciones son posibles gracias a la estructura única de los discos. La sustancia más abundante en el núcleo del disco intervertebral es el agua que representa un 70%-90 % del mismo. Precisamente la capacidad del disco intervetebral para absorber las cargas compresivas sobre nuestra columna se basa en su alto contenido en agua. Por otra parte, el 65 % del peso seco del mismo está constituido por proteoglicanos y el 15-20 % restante por colágeno que le confiere su naturaleza elástica. ¿Qué son los proteoglicanos? ¿Qué función desempeñan?

Proteoglicanos

Entendiendo los proteoglicanos

Los proteoglicanos son unas moléculas hidrófilas (absorben el agua con facilidad) que se encuentran en el disco intervertebral y que posibilitan su alto contenido en agua de forma que le confieren a este su resistencia. En otras palabras, el volumen de agua que contiene el disco y su capacidad de “amortiguación” dependerá de las sustancias capaces de retenerla: los proteoglicanos.

Proteoglicanos

La producción de proteoglicanos es mayor en la infancia pero va disminuyendo hasta los 30 años donde alcanza un valor estable. Por tanto, el volumen de agua que pueden contener los discos tenderá a disminuir a medida que avanza la edad y con ello su capacidad de absorción de fuerzas. Desde esta perspectiva podríamos considerar la disminución de proteoglicanos y el deterioro discal como parte natural del envejecimiento.

¿Podemos hacer algo para evitar o retardar este proceso?

Las últimas investigaciones apuntan a que un correcto estímulo sobre el disco intervertebral ayudará a mantener y regenerar sus propiedades. Por ejemplo, ciertos estímulos de tipo mecánico como los generados por el ejercicio aumentan la concentración de proteoglicanos en el disco intervertebral favoreciendo el mantenimiento y regeneración discal.

Por otra parte, es conocido que un estrés continuado sobre el disco es capaz de degenerarlo. Por ejemplo, ciertas ocupaciones que requieran el mantenimiento de posiciones durante largos periodos de tiempo o la repetición de movimientos inadecuados son un factor de riesgo para la degeneración discal por lo que deberán ser evitados.

Además, a medida que envejecemos la capacidad muscular también tiende a disminuir. La pérdida de fuerza muscular sumada a la pérdida natural de proteoglicanos del disco puede hacer que aparezca una lesión en el disco o que las cargas sobre la columna sean asumidas por otras estructuras como facetas articulares o ligamentos, provocando una mayor propensión a lesiones de los mismos.

En resumen, el mantenimiento de la adecuada capacidad muscular del tronco y de una actividad deportiva moderada ayudará en la prevención del deterioro discal y de patologías como hernias o protrusiones.


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